Informes de inteligencia perfilan a los líderes de las alas armada y financiera de la organización, anticipando una inminente guerra interna por la sucesión del cártel con mayor presencia en el país.
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes no solo representa la caída del criminal más buscado de México, sino la apertura de un peligroso y profundo vacío de poder. El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), caracterizado por una estructura piramidal y un mando sumamente centralizado en la figura de su fundador, enfrenta ahora su prueba de fuego: una sucesión que, según áreas de inteligencia civil y militar, difícilmente será pacífica y que pone en alerta máxima a las autoridades de los tres niveles de gobierno.
En la primera línea de sucesión se encuentra el círculo familiar directo, fuertemente entrelazado con el brazo financiero de la organización conocido como “Los Cuinis”. Los reportes federales apuntan hacia Juan Carlos Valencia González, alias “El 03”, hijastro de Oseguera Cervantes y quien durante los últimos años ha cobrado un protagonismo letal al comandar grupos armados de reacción. Su cercanía con la cúpula y su control sobre diversas tropas tácticas del cártel lo perfilan como el heredero natural para intentar mantener la cohesión del modelo de negocios familiar.
Sin embargo, el poder operativo en los territorios clave está en manos de comandantes regionales que podrían rechazar una imposición dinástica. En este escenario destaca la figura de Hugo Gonzalo Mendoza Gaytán, alias “El Sapo”, un jefe de plaza de extrema violencia que controla la franja costera de Jalisco y ha orquestado la brutal expansión del cártel hacia el sur y centro del país. Analistas de seguridad advierten que su capacidad para lavar dinero y su numeroso ejército de sicarios lo convierten en un aspirante con la fuerza bélica suficiente para desafiar a la familia fundadora y reclamar el liderazgo absoluto.
A esta compleja ecuación se suma Ricardo Ruiz Velasco, conocido como “El Doble R”, un líder operativo con amplia capacidad de movilización y propaganda armada que domina células de choque en regiones estratégicas como Michoacán y Guanajuato. La lealtad incondicional de estos lugartenientes hacia la figura histórica del máximo líder era el pegamento que mantenía cohesionado al cártel; su desaparición abre la puerta a una fragmentación inminente donde cada jefe de plaza buscará retener sus rutas de trasiego y extorsión sin rendir cuentas a un nuevo mando central.
El gobierno federal y agencias internacionales monitorean con preocupación cada movimiento en la estructura de mando. El pronóstico a corto plazo contempla el estallido de una violenta purga interna y ajustes de cuentas que ya comenzaron a reflejarse en los bloqueos carreteros recientes. Esta vulnerabilidad estructural podría ser aprovechada por organizaciones rivales para intentar recuperar plazas estratégicas, sumiendo a diversas entidades de la república en una nueva y prolongada espiral de violencia originada por el reacomodo del mapa criminal.



