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martes, febrero 24, 2026
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Violencia del narco en México plantea riesgos para EE.UU.

El endurecimiento del discurso en la Casa Blanca para intervenir de manera directa contra el crimen organizado en México amenaza con desatar una crisis diplomática y económica de proporciones históricas para Norteamérica.

La agresiva agenda de seguridad impulsada por la administración de Donald Trump se encuentra en una encrucijada crítica. Tras los recientes reacomodos en el mapa criminal mexicano —detonados por la caída de figuras clave del narcotráfico—, el sector más conservador en Washington ha redoblado la presión para clasificar a los cárteles como organizaciones terroristas extranjeras (FTO, por sus siglas en inglés) e incluso autorizar intervenciones unilaterales. Sin embargo, analistas políticos y expertos en relaciones internacionales advierten que esta ofensiva conlleva riesgos monumentales que podrían desestabilizar la propia presidencia republicana.

El principal obstáculo que enfrenta la Casa Blanca es el inminente choque diplomático con el gobierno de Claudia Sheinbaum. La presidenta de México ha trazado una línea roja innegociable respecto a la defensa de la soberanía nacional, dejando claro que cualquier intento de operación militar o de inteligencia no autorizada en territorio mexicano significaría la ruptura inmediata de los acuerdos de cooperación vigentes. Para Trump, perder a México como aliado estratégico representaría un golpe devastador para su política de contención migratoria, la cual depende fundamentalmente del despliegue de autoridades mexicanas en las fronteras sur y norte para frenar las caravanas.

Más allá del ámbito diplomático, el riesgo económico es una bomba de tiempo para los estrategas republicanos. Una escalada en la confrontación bilateral por el tema de seguridad provocaría inevitablemente cuellos de botella en los cruces fronterizos y pondría en jaque la certidumbre del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Interrumpir las cadenas de suministro integradas —desde la industria automotriz hasta el sector agrícola— detonaría un impacto inflacionario directo en los bolsillos de los consumidores estadounidenses, un escenario que la economía de Estados Unidos no puede permitirse en este momento.

En el plano interno, el presidente estadounidense navega entre las exigencias de su base electoral más radical y el pragmatismo que exigen los departamentos de Estado y de Defensa. El Pentágono ha expresado en diversas audiencias a puerta cerrada su reticencia a abrir un frente de operaciones asimétricas en la frontera sur, argumentando que la militarización del combate a las drogas rara vez desarticula las estructuras financieras subterráneas y, por el contrario, suele exacerbar los niveles de violencia urbana, lo que terminaría empujando a miles de desplazados hacia territorio estadounidense.

En conclusión, la retórica intervencionista de Donald Trump funciona como un poderoso imán de aprobación política doméstica, pero su ejecución práctica es un campo minado. La Casa Blanca se enfrenta al complejo dilema de sostener su promesa de erradicar a los cárteles mexicanos mediante la fuerza bruta, sabiendo que apretar ese gatillo podría desmoronar la frágil estabilidad migratoria y comercial que sostiene gran parte de su propio éxito político.

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