Tras soportar su segundo apagón nacional en menos de una semana, el Gobierno de Cuba logró reconectar parcialmente el Sistema Eléctrico Nacional (SEN), devolviendo la luz a un 70 por ciento de La Habana bajo un esquema de emergencia que prioriza el bombeo de agua y la operación de hospitales. El primer ministro, Manuel Marrero Cruz, y el Ministerio de Energía y Minas confirmaron que la restauración avanza de manera desigual a través de la paulatina creación de “microsistemas”, advirtiendo a la población que la demanda energética seguirá superando ampliamente la capacidad de oferta, por lo que los cortes prolongados continuarán en el resto de la isla.
El nuevo colapso total, registrado este fin de semana, se originó por la salida imprevista de la Unidad 6 en la central termoeléctrica de Nuevitas, en Camagüey, lo que provocó un efecto en cascada que apagó al país entero. Esta falla masiva vuelve a desnudar la profunda crisis de una infraestructura con más de 30 años de obsolescencia y un déficit crónico de mantenimiento. A esto se suma la severa escasez de combustible agudizada por el férreo bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos, estrangulando la capacidad de La Habana para adquirir refacciones en el mercado internacional. Especialistas independientes calculan que sanear la red eléctrica cubana requeriría hoy una inyección urgente de hasta 10 mil millones de dólares.
La parálisis energética ha desatado una crisis humanitaria y social, detonando protestas y “cacerolazos” en diversos barrios de La Habana y en el municipio de Morón. Con el transporte detenido, las escuelas cerradas y la imposibilidad de refrigerar los escasos alimentos, el descontento popular crece a la par de una economía que, según cifras oficiales, se ha contraído más de un 15 por ciento desde 2020. Mientras la contingencia apremia, el gobierno cubano intenta apaciguar la tensión y se mantiene a la espera de buques con ayuda humanitaria y suministros provenientes de países aliados como México para mitigar el desabasto.



