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jueves, enero 15, 2026
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EE.UU. bajo Trump: un año de hiperactividad en América Latina

Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha impulsado una política exterior hacia América Latina caracterizada por el “garrote antes que la zanahoria”. La administración ha reforzado deportaciones masivas, endurecido la confrontación con líderes no alineados con Washington y estrechado lazos con gobiernos afines ideológicamente.

Este cambio supone una ruptura con la relativa indiferencia de administraciones anteriores, colocando a la región en el centro de la agenda de seguridad nacional estadounidense.

Entre las medidas más destacadas del año se encuentran:

Deportaciones masivas de migrantes latinoamericanos. Intervención en procesos electorales mediante apoyo explícito a candidatos cercanos a Washington.Operativos militares contra embarcaciones de narcotráfico en el Pacífico y el Caribe. Amenazas directas contra Nicolás Maduro, reforzando la presión sobre Venezuela. Designación del fentanilo como arma de destrucción masiva, con acuerdos de cooperación con México para enfrentar ataques con drones de los carteles.

La respuesta latinoamericana ha sido desigual:

  • Gobiernos aliados, como algunos en Centroamérica, han celebrado el respaldo político y militar.
  • Países críticos, como Venezuela y sectores en México, denuncian una política de injerencia y presión que erosiona la soberanía regional.
  • Sociedades civiles expresan preocupación por el impacto humanitario de las deportaciones y por el riesgo de militarización de la lucha antidrogas.

A un año de iniciado su segundo mandato, Trump ha logrado visibilizar América Latina en la agenda estadounidense como no ocurría en décadas. Sin embargo, el costo político es alto: la región enfrenta tensiones diplomáticas, divisiones internas y un debate sobre hasta qué punto la estrategia de Washington fortalece o debilita las democracias locales.

El “balance Trump” en América Latina muestra una región más presente en la agenda de Washington, pero también más polarizada. La estrategia de fuerza ha generado tanto alianzas estratégicas como resistencias profundas, dejando abierto el debate sobre si este nuevo protagonismo será sostenible o terminará debilitando la relación histórica entre EE.UU. y sus vecinos.

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