En apenas diez años, Morena pasó de ser un movimiento emergente a convertirse en la fuerza política dominante en México, desplazando al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante gran parte del siglo XX fue el eje del poder político nacional. El fenómeno ha sido descrito como un “sorbo histórico” en el que Morena absorbió las estructuras, los liderazgos y las bases sociales que durante décadas sostuvieron al priismo.
El PRI, que gobernó México por más de 70 años consecutivos y regresó a la presidencia en 2012 con Enrique Peña Nieto, comenzó a perder fuerza tras los escándalos de corrupción y el desgaste de su modelo político. La elección de 2018 marcó un punto de quiebre: Andrés Manuel López Obrador y Morena arrasaron en las urnas, relegando al PRI a un papel secundario. Desde entonces, el partido guinda ha consolidado su hegemonía en gubernaturas, congresos locales y en el Congreso de la Unión.
La absorción del PRI por parte de Morena no solo se refleja en los números electorales, sino también en la migración de cuadros políticos. Gobernadores, legisladores y líderes priistas han encontrado en Morena un espacio para mantener vigencia, lo que ha debilitado aún más la identidad del partido tricolor. En estados como Oaxaca, Hidalgo, Campeche y el propio Estado de México, bastiones históricos del PRI, Morena ha logrado imponerse con fuerza.
El proceso también ha tenido un componente simbólico. Morena se ha presentado como el partido de la “transformación” y ha capitalizado el descontento social hacia las viejas prácticas priistas. Sin embargo, críticos señalan que en su interior conviven muchas de las mismas figuras y métodos que caracterizaron al PRI, lo que plantea dudas sobre si se trata de una verdadera renovación o de una continuidad bajo otro nombre.
La elección de 2024, con Claudia Sheinbaum como candidata presidencial de Morena, consolidó la hegemonía del partido al lograr mantener la presidencia y ampliar su control en el Congreso. El PRI, por su parte, quedó reducido a una fuerza minoritaria, con presencia limitada y sin capacidad de competir en los grandes escenarios nacionales.
Hoy, Morena es visto como el partido que en una década logró lo que parecía impensable: devorar al PRI, símbolo del viejo sistema político mexicano. El futuro inmediato plantea interrogantes sobre si Morena podrá sostener su hegemonía sin repetir los vicios del pasado, o si su ascenso será recordado como una reedición del modelo priista bajo nuevas siglas.



