El gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, enfrenta una creciente presión política y mediática tras el surgimiento de señalamientos que sugieren la existencia de redes de narcopolítica operando en Culiacán. Las acusaciones apuntan a una presunta colusión entre figuras de la administración estatal y facciones del crimen organizado, situación que ha detonado una crisis de credibilidad en torno a la estrategia de seguridad y la gobernabilidad en la región.
Las denuncias públicas advierten que diversas estructuras del gobierno habrían facilitado, o al menos tolerado, el margen de maniobra de grupos delictivos de alto impacto en la capital sinaloense. Esta narrativa de complicidad institucional cobra fuerza en el contexto de los recientes episodios de violencia y reacomodos criminales, generando cuestionamientos directos sobre la autonomía del ejecutivo estatal frente a los poderes fácticos que mantienen el control territorial.
Ante la gravedad del escenario, legisladores de oposición y organizaciones de la sociedad civil han exigido la intervención de las instancias federales de justicia para realizar una investigación exhaustiva y transparente. Los críticos advierten que la falta de esclarecimiento de estas acusaciones no solo debilita el Estado de derecho en Sinaloa, sino que perpetúa un clima de impunidad sistémica que deja a la ciudadanía en medio del fuego cruzado y la vulnerabilidad institucional.



